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De película (fragmento)

Como todo en México, comenzó con gritos. Fueron muchas las personas que lo vieron recortado por la luz perezosa de las primeras horas de la mañana: conductores rumbo al trabajo escuchando la radio, peatones acompañando a sus hijos a la escuela, gente mirando distraída por las ventanas del camión, tenderos montando sus puestitos. Todos fueron despertados de su estado medio catatónico por la singular visión, de manera que es difícil precisar quién pegó el primer alarido. Lo que sí se puede señalar es quién fue la primera persona en llamar a la policía. Una señora que vendía palanquetas afuera de una primaria fue quien desenfundó su celular con mayor rapidez y marcó al 911. La operadora que respondió, profesional y experimentada, mantuvo la calma, pero inyectó a su voz un calibrado y leve tono de preocupación —tan necesario para que el usuario sienta que hay un ser humano del otro lado de la línea— aunque, si hemos de ser sinceros, la descripción del suceso no le sorprendió. Agitó la cabeza, apenas perceptiblemente en su cubículo, mientras tomaba notas velozmente y se enlazaba con la policía, como quien vuelve a escuchar el chirrido de una puerta después de haberla engrasado por centésima vez. Ahora mismo van unidades a esa dirección, señora. Gracias por su llamada. Antes de colgar, la vendedora de palanquetas murmuró, como si ya no hablara con la operadora sino con ella misma: Qué raro. ¿Qué es raro, señora? El colgado. Sí, es terrible, pero mantenga la calma, ya van para allá. No, digo, es que se está igualito a otro de hace unos meses, hasta en el mismo lugar. La operadora no pudo contener un suspiro. Mantenga la calma, ya van para allá. Gracias por su llamada.

Todo siguió su cauce normal. Los policías llegaron y acordonaron la zona. Tránsito se ocupó en desviar el tráfico. Llegó la prensa y tomó fotos y declaraciones. Los mirones también tomaban fotos y video y los subían a redes sociales. Todo iba, para decirlo pronto, como de costumbre. Pero el caso puso un pie en territorio novedoso cuando el equipo forense reveló que ese hombre, en efecto, había muerto ahorcado, pero no aquella noche o madrugada, sino antes. Es rarísimo, dijo el forense al detective encargado del caso. Parece que el muerto lleva meses muerto, pero no muestra ninguna señal de descomposición. El asistente del forense sonreía emocionado. Y usté’ de qué se ríe, le preguntó el detective. Perdón, detective… es que es como de película. Sin embargo, las sorpresas no acabaron ahí. La película a la que eso se parecía aún guardaba un brusco giro. De hecho, tan brusco que habría significado un cambio de género. El detective Fernández no se la creía cuando identificaron al occiso: se trataba de Raúl «El Manitas» López, un ratero devenido en narcomenudista que operaba en la zona donde se le había encontrado y quien, de acuerdo con sus registros, ya había sido hallado muerto en el mismo lugar y de la misma forma, hacía casi siete meses. El caso se había archivado y el cuerpo, que no fue reclamado por nadie, puesto en una fosa común. No mames, decía el detective mientras leía el reporte. Ordenó que se volvieran a tomar las huellas y se volvieran a cotejar en el sistema; el resultado fue el mismo. No chingues, algo tiene que estar mal, dijo. Se repitieron las pruebas una vez más con los mismos resultados y, frustrado, el detective dijo que fuera como fuera a ese cabrón nadie lo iba a extrañar. Ordenó que se cerrara el caso, que se enterrara el cuerpo en una fosa común y que no se revelara nada de aquello a nadie. Nunca pasó. Si veo cualquier cosa sobre esto en el periódico, van a ver, culeros. Sí, señor, dijeron todos los involucrados, y uno de los policías que descolgó el cuerpo se persignó a escondidas, como con pena, pero más con miedo.

El segundo caso, ocurrido dos días después del primero, fue muy similar, aunque levemente más chocante por el estado del cuerpo en cuestión. Fue en Guadalajara, también muy temprano por la mañana. En esta ocasión el descubrimiento, el primer grito y la primera llamada vinieron todos de una misma persona: una mujer joven que salió a correr, y más o menos al kilómetro siete de su carrera matutina, se topó con la figura atroz de un cadáver colgando de un puente peatonal. El cadáver estaba quemado a tal grado que, en un primer momento, con el golpe de la primera mirada, la mujer había pensado que se trataba de una bolsa de basura negra llena de varas. Tal vez por eso ella había sido la primera en alertar a la policía, porque el cuerpo estaba tan deformado que, difícilmente, los primeros automovilistas de la mañana habrían podido identificar esa masa carbonizada como lo que era. La prensa le preguntó si volvería a correr. La mujer dijo que sí, porque tenía pronto un maratón en Boston, pero que, ciertamente, ya no incluiría esa avenida en su circuito usual, que ya hacía mucho su marido le había advertido que esa zona se estaba poniendo fea. Qué lástima, una colonia que era tan bonita, dijo. Luego los periodistas, más por hábito que por profesionalidad y menos aún por interés, se acercaron a uno de los policías para anotar sus declaraciones. Al terminar, mientras ya todos se iban, uno de los reporteros, un muchachito joven, le preguntó al fotógrafo que iba con él: ¿No habían encontrado a otro quemado en el mismo puente peatonal hace dos años? El fotógrafo alzó los hombros e hizo una mueca de sabrá Dios, mientras revisaba las fotos en la pantalla de su cámara.

[…]

De película es el segundo cuento de Xólotl, escrito por Jorge Luis Flores.

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